Un ático en Babel, Episodio 2x01/ "UNA DISTOPÍA VERANIEGA", por El Grumete

 


Queridos conciudadanos de Babel, concluye el verano y la gran mayoría de afortunados volvemos reptando tras haber sobrevivido, no sin dificultades, al mismo y casi añorando los madrugones y ese extraño brebaje que expide la máquina de la oficina al módico precio de un euro y que algún inconsciente, en un arrebatador ataque de optimismo, lo ha catalogado como café.

Retorna uno de su desventura estival más necesitado de un quiromasajista que de una charla sobre el estrés post vacacional. Porque para burnout, lo de la agenda infinita en los días de asueto. Eso sí es sociedad del cansancio y no fichar a las siete de la mañana.

 La primera víctima de semejante distopía veraniega ha sido mi tablet, sobre la que he tenido que vaciar un extintor de CO2 tras ser pasto de las llamas, previa declaración de rebeldía del aparato, al saltar simultáneamente las tres novelas negras escandinavas, las dos históricas, un ensayo sobre Calvino, el curso online de cocina peruana, el correo de la empresa, el archivo de fotos del eclipse, la serie del momento en HBO Max, la página del Wallapop, el Tinder de mi perro y el Duolingo de japonés.

La segunda damnificada ha sido mi analítica sanguínea, con un vertiginoso incremento del colesterol y los triglicéridos proporcional al desplome de mi cuenta bancaria tras 18 cenas, otras tantas comidas, desayunos, aperitivos, almuerzos, meriendas, brunches, recenas, cafés, cervecitas, cornetos, horchatas y alguna que otra copichuela furtiva.

Por último el gran derrotado, mi ajado y caduco organismo, arrollado por esta constelación de experiencias y actividad frenética a la que nos somete nuestra obligada membresía en el lumpenproletariado espiritual; donde uno acaba llevando la tabla de paddle surf a la travesía de montaña y el traje de neopreno a las clases de merengue tras haber tomado una pinta en la londinense Trafalgar Square totalmente convencido de que estaba haciendo un free tour nocturno por las calles de Budapest.

Extenuado, con lágrimas en los ojos y exhalando mi último aliento, acabo abrazado a mi jefe con la plena seguridad de haber regresado a Ítaca.     

por

El Vigía

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